Que lejos queda ya aquel 2 de Octubre en que cogí el vuelo HV 5132, destino Amsterdam, para venir a Alphen aan de Rijn.

Fue una decisión difícil de tomar. Marchar a otro país y dejar a la familia en casa no es algo con lo que uno cuenta. Pero la realidad de aquel momento no me daba más alternativa, o me quedaba con la familia pero sin trabajo asegurado o aceptaba el proyecto que me ofrecían y ve iba con “espíritu aventurero” a Holanda. Y eso hice, me vine al país de los tulipanes.

Llegué convencido de que sólo estaría un mes o dos aquí, lo justo para definir las bases y el trabajo a realizar en el proyecto, para luego volver y seguir el desarrollo desde casa. A la semana me di cuenta de que era poco viable hacerlo así, era importante y muy necesario estar presente en la empresa para tirarlo adelante. Así que me tocó cambiar el “chip” lo más rápido posible para poder estar una larga temporada.

Y aquí sigo.

No voy a negar que fue duro adaptarme a la sensación de soledad, y más cuando aún en la actualidad la siento, pero tuve la suerte de encontrar una gente abierta, amable y hospitalaria que me ayudaron en todo momento.

En la casa Monika, Csucsu, Marc y György se convirtieron en mi pequeña familia holandesa.

En la empresa todos hicieron por integrarme lo más rápido posible. Especialmente Kjeld, Mitchell, Tom, Kim o Martijn por ser la gente con la que comparto el mismo espacio de trabajo, aunque no puedo olvidarme de los “corrales” Peter y Mario de taller.

¡Qué paciencia tuvieron y tienen todos con mi inglés!

Ni que decir tiene que también me costó acostumbrarme a la locura de clima que ahí aquí, lluvia y más lluvia con viento, viento y sí, más viento.

Pero eso forma parte de las historias que intentaré explicar en próximas entradas, porque de eso se trata, de compartir con vosotros algunos de los instantes vividos aquí.

Espero no hacerme muy pesado.

Ya os doy las gracias de antemano por dedicarme parte de vuestro tiempo.