Añoranza, así podría definir mi primer otoño en Alphen aan den Rijn.

Aunque lo recuerdo con mucho cariño, he de confesar que fue bastante duro pasarlo. Al sentimiento de soledad y de vacío interior, se le sumó el tiempo tan malo que aquí hace por esas fechas. Percibí como una eternidad lo que tardé en volver a ver el Sol.

Los días, que eran grises y lluviosos, me invitaban a quedarme en la habitación para pensar en mi gente y hacerme replantear si realmente estaba haciendo lo correcto. Eran instantes en los que pasaba de la ilusión por empezar un nuevo proyecto a la tristeza y la pena de no estar con los míos.

Pero poco a poco se va adaptando uno hasta tal punto de sólo recordar lo bueno.

Como ahora que si cierro los ojos puedo recordar el olor a tierra mojada y el aroma de las hojas húmedas tras la lluvia.

Y es tan fuerte que me veo paseando por el parque cuando el día justo ha empezado.

La sensación es refrescante y por un instante me hace sentir vivo como en aquellos días de Otoño.

Días en los que podía dar color al gris del cielo.

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